sábado, noviembre 14, 2009

Noviembre entre tinieblas


















La oscuridad tiembla, aunque no esté a ciegas. Al menos, mis lánguidos párpados se mueven cabizbajos, ya, entre el alba y el albor. Tiré las mazas, arrojé los martillos al fondo del literario y (menos por un momento, lo sé) solitario río. Iluso, "no es cuestión de herramientas", llegué a pensar, "el efecto siempre pasa, tenaz, por no evadir el golpe".

Por eso yo veo este hueco extenuado. Y el tiempo absorto, que pasa. Y otros ven un espacio y la oportunidad, desafiante, que se acerca. Escucho a los coches. Pero de dónde vinieron, por qué tan temprano o tan lentos. Quién trajo esta arena, marrón, definida. Por qué esa parsimonia errática, "no veo", ese sonido metálico, unos raíles que brillan. Apartado, sentado o tumbado, oigo esta oscuridad de tinieblas. Deben de ser las nueve y veinte. Así estaba previsto. Dos aviones señalan cruces en el cielo. Y tiembla el suelo, quizá sea por la carretera cercana, bulliciosa entre este erial de almas.

La pala rompe el silencio. Primer movimiento, segundo. Tercero. Mis pies se ocultan. No sabemos quién trajo la arena pero sí, yo, quién cava la tumba: dos manos agrietadas y anónimas. Siento el rubor del mar en cien sollozos, que piensan más allá, es decir, en nada.

Es la hora. Y quizá, extraño, el momento. Es el ritmo pausado de la muerte, lo sé, pero nadie me contó que sólo los suicidas estamos vivos, aquí dentro, en la sepultura.

jueves, octubre 29, 2009

Encerrado en la despedida


















Este cielo no tiene estrellas. Estas calles no tienen aceras ni luces esta casa. Estas ventanas no tienen pomos. No hay llaves para estas cerraduras. No quedan pilas para esta música ni ropas que vistan estos cuerpos.

Me quedan 5 minutos, qué lento pasa el tiempo de la despedida. Miro a este reloj y sueño con un mundo sin camino y seguir encerrado así entre estas paredes. Pienso, si no hay guías sólo te quedo yo como guarida.

"No".

No tengo respuestas para la lluvia inminente de estos ojos. Entra en la jaula. Y sal.

sábado, octubre 03, 2009

No responde














No quedan luces, no hay reflejos. No queda ropa, sólo viento. Aspiro este aire deshabitado y trazo con desvelo mi imaginación, en este éter de recuerdos. El presente yace fugaz con el pasado. Apagados quedan, sin luz vital. La oscuridad se desgrana en el silencio como las gotas de un aguacero frío y calmante.

martes, septiembre 29, 2009

Figurado


















He llegado tarde. Yo pienso que puntual, pero al cabo o a veces resulta que llego tarde. Estaba casi anocheciendo, un resquicio de puerta entreabierta me invitaba a pasar o desistir. ¿Desistir? Nunca, aunque quizá hoy sí debiera. Aún así entré y compré las últimas fresas del supermercado, las que te miran con su cara sonrojada, su intenso tallo verde (¿tan verde? casi parece irreal), su mirada ilusionada y expectante, para decirte: “no me dejes sola”. Ponía OFERTA 3x2. Pero como me sucede últimamente, la única opción era 1 por 1. Mejor, pensé, menos posibilidad de error.

De regreso, mientras espero a que macere el azúcar (se mezcle el dulce con el dulce para crear mundos que tapen huecos, vacíos) me he asomado al viento. Al que mece mi hamaca. Me he dejado llevar por él, por él que me lleva solo, sólo, por territorios proscritos. Los de la imaginación... una musa se fija en la veleta, que no deja de girar. Los pájaros ríen alborotados o huyen despavoridos, quién sabe. Buscan, al fin. Y los perceptibles que, escarbando las nubes, me muestran inéditas sus formas ruinosas, cariñosas, diversas, sorprendentes. He logrado cerrar los ojos, después de tanto tiempo que llevan, racionales y aislados, abiertos.

... Y así, de pronto, transportado, me he visto aquí. Figurando que estoy sentado ante los sueños. De pie ante mí. O ante ti. Entre letras. Y ante tu esencia, que sigue sin saber si permanezco con la intuición viva o muerta. Pero sí... que sigo en las nubes. Ellas abajo. Y yo, claro, arriba.

jueves, septiembre 24, 2009

El lento abatir














Camina atrapada entre hierros, maderas, cadenas atadas a pies descalzos. Se sumerge en la paz caótica de este ocaso kárstico. El que suda y sufre a la vez, en esta inmensa calle inédita, herida de luces de neón y de rostros desvencijados. Mimetizados.

Ella camina por un lado, hacia otro quizá. Y yo, absorto en su horizonte, por el contrario. El opuesto. El converso. El de enfrente. Calza botas negras, falsas bagatelas de una memoria borrosa (a cada paso). Viste calcetines grises, pantalón negro, corto, dejando entrever sus piernas ajadas. Su camiseta tiene todos los rasguños del tiempo. Su mirada está perdida, posa sobre un lugar infinito. En las dos lágrimas, siempre escasas, de su padre. En la huída de Kim. O en aquel miedo recurrente: una noche un rostro anónimo sesga continuamente su certeza, abalanza su fuerza férrea entre su débil cuerpo. Y su ánimo muda, todas las noches, muda y nada. Como la memoria. Nada.

Eso supongo yo, que visto ropajes del Estigia, baratijas de despedida, toco al dolor con el dolor de mis pies minados, ni giro ni mitigo mi mirada aterrorizada, lejana, a ratos. Desde mi mundo convexo me dirijo hacia su espacio en blanco. Un hueco imperceptible, que siempre hallo en esta muralla frágil. Hoy, muralla escarpada en una calle inmunda, pero nuestra. De ella y de mí.

Mis ojos se cruzan con su nuca. Mis brazos cansados dejan caer este café, de nuevo acuoso, agua sucia. Tras él, cae la vetusta cámara sin carrete. Este todo que dibujo se rompe al caer, choca con el asfalto asfixiante, el calor de nuevo es temeroso. Mil pedazos. Y su nuca sigue incólume. De espalda a mis ojos. Estoy desconcertado. Nunca la tristeza tuvo esta forma corpórea, o al menos, no logré atisbarlo antes, frente a mí. No puedo dejar de mirar su lado oculto, imaginarme un rostro derrotado, unas manos dubitativas moviéndose a la par que el viento: lento y moribundo. Al cabo (creo que sucede al cabo), su mano derecha coge una tiza blanca, cercana, y escribe con pesadumbre (es decir, con lentitud) seis siete diez no sé palabras. Ininteligible, de nuevo sigue sin girar su cuerpo incomunicado, ni sus pies ni su mano izquierda ni su rostro destrozado. Pero escribe. Y cuando deja de escribir, posa sus dedos sobre este abrasador asfalto y se dispone a yacer.

Yo sigo mirándola. A toda ella. Cada vez la veo más. La creo más aún. Sigo opuesto. O enfrente. La veo a ella, y a sus rodillas heridas. Sus codos enfrentados. Y la mochila vacía que tiene tras de sí, la maleta ausente que la gente pisa cuando la rodea. Y empiezo a entender, desde aquí, sus símbolos corruptos. Su testamento blanco. Dice que lega su nada a nadie, a los que pierden el equilibrio, a los funambulistas del dolor, a los supervivientes de esta vida sonámbula, anodina. Y a todos, o a ninguno que es lo mismo (escribe), de los que la ven.

Estaba desconcertado, pero ahora estoy sobrecogido. Estaba aterrorizado y ahora estoy aterido. Me agacho, tratando de no rozarla siquiera. Recojo mi cámara herida. Extenuada, inútil. Y la arrojo con todas mis fuerzas, con mi lastimosa energía, contra ella. Debo de acabar con su dolor. Lo intuyo en su testamento. Salto sobre ella. Y antes de volver al suelo miro a la tierra donde, creo, voy a caer. He roto un espejo. Hecho añicos, queda.

sábado, agosto 01, 2009

Las gotas caen una tras otra














Sssh. Despierta. Alguien susurra a lo lejos. ¿Lo oyes? Espera, muévete. Escucha.

Hace calor. El tráfico es denso, el ruido, ensordecedor. ¿Dónde he escrito antes estas palabras? La carretera sube o baja. Los coches suben o bajan según se va o se viene. Para el que va, sube; para el que viene, baja. Adapto a Juan Rulfo y convierto su Comala en mi páramo. Ante mí, el infierno, el paso anterior, tres escalones abajo. Estoy sumido en la acera. Un salto, crash y mudo ahíto a otro mundo. Copié los recuerdos, mimeticé otras pasiones, plagié mis fracasos y dupliqué, falsifiqué, falseé incoherente cada imagen de mis éxitos. ¿Aquello? No era mío. ¿Esa ciudad? Nunca fui. ¿Esas llaves? No abrían casa alguna. Calla, no, no era mi sonido de motor. Ni pensaba lo que decía ni antes ni después de besar. Quizá incluso no fueran ni mis besos si calqué milimétricamente los labios de otros. Pensé que creaba pero al crear, al cabo, mataba. Necesito hacer algo mío. Hace 13 minutos compré una camiseta blanca, este pantalón, sandalias naranjas y una botella, ya caliente, de agua. Me he desnudado, aquí mismo, enfrente del cine y me he vestido, de ‘nuevo’. Es mi momento. Doy un paso, dos. Tres. Ya he avanzado tres metros. El fin –siempre lo supe- es un corto camino sin regreso.

(Más ruido).

Tengo las tres en mi reloj. ¿Las tres? Antes miré y también marcaba las tres. Y antes, igual. Ayer recuerdo haber alzado la vista y ver la misma hora. Ayer. Las tres. Debería de levantarme. Llevo días, quién sabe, quizá sean horas, una semana, tirado en este patio naranja. De adoquines rotos. Con las plantas secas, el agua cortada. El reloj marca las tres, un reloj de agujas torcidas, impávido e inútil. No está en mi mano derecha, se soltó del lastre. Está a tres metros de mí. Cerca del hilo de sangre que mancha con tibieza esta pared blanca, antes impoluta. Antes de matarte. Y arrojarte más allá del muro. Por fin, más allá de mí.

Ya. Tranquila, puedes volver a dormirte. Sólo es otro suicida en vigilia, tratando de buscar una salida. Ya, lo sé. Es un sueño.

Joder. ¿Me ves?, (golpes) ¿me oyes? ¡¡Despierta!!

martes, julio 21, 2009

Man on the moon














- Creo que era... un mensaje.
- Sí, un mensaje.
- Un mensaje en una botella.

jueves, julio 16, 2009

Volveré a los sitios donde nunca he estado














Abrir “mail.yahoo.co.uk” y no encontrar la eñe, que aquí se esconde en ene, en enhe, en enye. Mirar al canal de Hackney y vislumbrar, ensimismado, que pasan personas, un leve viento frío, las nubes lentas entre sol y sol, bicicletas rodando suenhos de dos radios, en la rueda delantera posan los suenyos femeninos, en la rueda trasera, los sueños masculinos.

Comprar una Oyster, oír "bip" y sentirte londiner, crooner, dreamer, o sólo un lugareño. Atónito en Oxford Street, absorto en la St. Martin Church de Soho Square (cuánto silencio, cuánto refugio, cuánta reflexión enmascarada), absurdo en Liverpool Street Station, acogedor en pequeñas calles empedradas, Fournier Street, The Ten Bells, destripando a Jack en blanco y negro.

Pasar caminando delante de Macbeth y decir "half paint of Guiness", y saborear cada minuto de espera, cada melodía, cada nuevo golpe musical. Mirando, mientras tanto, de soslayo los colores fuertes las ropas estrechas las caras imberbes las gafas de sol las curvas de las gafas de sol las curvas de los ojos las carteras de diseño. Tantos puestos entre tantos sueños, y yo esquivando arte en movimiento.

Habitar restaurantes flotantes, percibir que el canal nunca acaba, o que todo se conecta, que nada limita a la imaginación (quién se atreve), que ahora prosigue el sol a una nube, nunca otra nube, que el río Támesis es inabarcable y que la arquitectura muta a espídica, gira a inmensa, se hace infinita. Un barco, una terraza, un pastel, dos capuccinos, el césped, las bielas, el balón de fútbol, la cama, la música y la música y más música extendida en este field lleno de ropa tendida bajo cuerpos mecidos.

Mecidos siempre a la luz que, al cerrar los ojos, descubre otro mundo. Descubrir que este universo de sensaciones me recuerda cien veces, siempre, a ti. A pesar de que nunca habitamos estos espacios pasados, estas utopías presentes. Ni aquellos agrietados futuros.

(Get back to where you once belonged)

domingo, junio 21, 2009

El lamento de Dido / octubre / 1893















La herida se va cerrando en silencio, ese tibio silencio que sobrecoge cada dos minutos en esta sinfonía 6. Silencio a dos voces. Quizá tres. A veces tres. Una viola rompe el adagio allegro mirando de soslayo a un titubeante concertino. Que duda, como otras noches. Son planos cortos, subjetivos te conté. La viola mira al concertino. El violín al contrabajo que sonríe al fagot que señala sin rubor lo que sugiere la flauta. La batuta en plano, el público fuera de él. El clarinete en plano. Y tus ojos, sus ojos, fuera de él. En un lado siempre estuvo lo que enseñaste. Y en el otro, imperceptible entonces, lo que escondiste.

Se acerca la hora. De 1893 o de 2009. El año da igual. La tragedia es la misma. Causa y efecto juegan a ser catarsis. Origen y destino juegan en una estación sin nombre. La boca tiende de nuevo a hacerse preguntas, cómo no... y tus manos, esquivas, a aterir las respuestas.

El adagio camina a lamentoso. Y el silencio cada vez es más prolongado. Se han ido casi todos, entre la duda y la penumbra, llenos de deudas y promesas. Se han levantado afligidos, oscuros, indómitos o fugaces. Han desaparecido o al menos, ahora, ya no están. Insurrectos en un mundo de comunes, Cenicientas del miedo cuando se miran al espejo. Si no, cómo crear. De dónde hubiera nacido todo, para ellos, para ti, para mí. Arrebatando siempre presencia a las ausencias.

El oboe enfunda de nuevo su tristeza. Estamos él y yo. Y una luz ascendente o descendente. Es la hora. Son las 22.41. Siempre son las 22.41, ya, desde hace 116 años. La hora, la hora exacta... de la partida de Eneas.

viernes, mayo 08, 2009

Fin
















(...) Ahora sí, se acabó. No queda nadie. Ni yo quedo, ni yo.

sábado, mayo 02, 2009

El virus del miedo


















Dejé de mirarte, para desaparecer. Cambié mis días libres, perdí mustios jueves ganando lunes de hastío. Roté mi camino de vuelta. Volví por otras calles, girando a veces sin sentido sobre la misma plaza. Rompí todas las copas de vino y arrojé -de puntillas- sobre la estrecha calzada los litros pendientes de Barbadillo. Me escondí, y escondí también tus alfombras en lugares perdidos. Los pies se helaron y la casa pereció su color.

Dejé de mirarte. De esperarte... y de encontrarte. Esparcí en un ambiguo infinito las llaves de tus bares, el atajo a tus encinas, tu coche blanco y el susurro perenne de tu sombra fiel. Tu voz fue tornando en difusa, eliminé las cuerdas del clavicordio, la imagen que prolongaba mis sueños sobre tus dedos proscritos. Te hice caso. Y el mundo fue más injusto con mis recuerdos pero quizá mis deseos más justos con tu mundo.

Dolió. Pero funcionó. Agarré aterido, incrédulo, la chistera, sí, pero entré en su túnel gélido y cambié tus luces del alba por la abulia del silencio. Las calles por otras calles. La casa por otra casa. El coche por otro coche. Y el frío por nuevos fríos.

Un día, quizá despistado o quizá perdido, confundí mi camino y giré, quizá ya lo sepas, por una esquina inesperada del pasado. Y estabas allí. Incólume, mirando al suelo, agarrando con tus párpados la fuerza del asfalto, tratando de acortar la ruda eternidad de un segundo.

Y entonces lo supe: tus sueños siempre fueron mis mismos sueños. Y tus ojos, esta vez, mi mundo perdido.

lunes, abril 27, 2009

(...) not even the rain










Primero se destrozó la calle, en mil pedazos, no quedó nada. Ni las farolas, ni las tiendas, ni las baldosas. Nada. Después se destrozaron los coches, los espejos, las ruedas, los asientos de atrás, las maletas llenas se esparcieron por el aire y se destrozaron todas en mil pedazos más. Después comenzaron a destrozarse los edificios, los buzones, las camas, las cocinas desoladas, el piano, las plantas de las terrazas se esparcieron por el aire y se destrozaron en mil pedazos, otros mil pedazos más.

Se destrozaron las mudas carreteras. Y los carteles que unían los caminos. Se derruyeron las casas blancas que rodeaban a las ciudades y en el aire convulso confluyeron todas ellas, derruidas. Se destrozó el mar agitado y la arena estalló en mil pedazos más.

Cuando todo estuvo hueco y destrozado, él salió de su escondite y fue a buscarla. A ella, que siempre habitaba todos los espacios.

domingo, abril 12, 2009

Ruido en entredicho














Trato de pintarlo sobre negro, sobre un negro rugoso, olvidado. Lo pinto y lo vuelvo a pintar, para que no se escuche, para que quede pleno. Una mano, de derecha a izquierda. Otra mano, de izquierda a derecha. Ya está. ¿Se lee? Era un mensaje escrito, pero un día fue un camino. Sobre los árboles, las copas rotas, el horizonte curvo. En la vereda, unos pies ajados, recuerdos atados sin sosiego a sí mismos. En las esquinas, quizá la posibilidad del sol, la sutileza de dos cuerpos y la proyección de una única sombra. Pinto negro sobre negro. Para que no se olvide, para borrar los días fugaces con noches oscuras. Para romper rotundo el futuro, pinto sobre negro, convirtiendo las alas de Urania en ruido, puro ruido.

Lo cuelgo en la pared. Apago las luces. Me tumbo en el suelo. Extiendo los pies. Escondo mis manos. Guardo silencio. Cierro los ojos... Y un papel blanco se desliza pertinaz bajo mi puerta.

viernes, marzo 27, 2009

Todos estamos muertos














Los mismos carteles de SE VENDE que hace un año. Ajados, eso sí, por el tiempo. Hace sol, el mismo sol pero con otro viento. Cruzo el paso de cebra y desaparece una esperanza. Suena la misma sirena desvencijada, quién sabe si de una ambulancia sin muerto o de un bar sin dueño. Las baldosas. Siguen rotas por el mismo lugar, nadie ha reparado mi continua mirada al suelo. Camino ya entre sillas de ruedas, raíles con finas guadañas y sólo una vía de escape. Hace calor, la misma sensación, la asfixiante humedad de este clima tropical que vivo o imagino.

Un sacerdote sale de un bar, Biblia en mano y comunión en alerta. Un coche resquiebra fugaz el asfalto, arrimándose, como todos, al precipicio de sus sueños.

Es la misma entrada, pero con otros muertos.

Coches negros, ladrillos, un kiosko, una cruz. Batas blancas, escaleras... y el mismo lugar, donde estabas tú. Me siento en la misma silla de esta fila vacía. Un rumor helado recorre mi cuerpo. Quizá sean ya tantas ausencias o quizá precisamente hoy estén volviendo las presencias. Desenchufo el hipocampo, tiene energía residual, irá poco a poco apagándose. Respiro más tranquilo. Cruzo las piernas, como si no pasara nada, como si no identificara al silencio de la muerte acechando. Acechándome a mí y acechándonos a todos que esperamos como ristras en mundos ajenos. Desconecto a Paul Broca. Y respiro, siento, más tranquilo. Conozco esta sensación, te la robé un día mientras dormías. Cerraste los ojos y empezaste a susurrar. Las personas se mueven lentamente, me dijiste, qué parsimonia más extraña. Todos visten del mismo color, oscuro. Nadie es capaz de mirar a los ojos de nadie. Qué pasa. Hablan, pero no les oigo. Unos permanecen sentados y otros deambulan de pie, cada uno hacia un lugar distinto, impreciso. Me rodean, o quizá yo les rodeo a ellos, te entendí. El cielo está negro y gris, el viento es un vacío huracán, una ventana que siempre tiene cristales rotos. Qué sensación, lo siento en cada surco de mi mente, cada partícula elemental de este momento machaca aún más los poros de mi piel marchita. Miro los labios, pero no los leo. Letras y palabras ya eran para ti memoria olvidada. Vuelo o paseo o camino. Y no sé si éste es mi último viaje. O mi último delirio.

Me estoy desvaneciendo. Lo noto. Cada vez hay menos gente ocupando su silla, y no hay halo rodeando a nadie. Es así. Estás. No estás. Me estoy desvaneciendo, de este mundo, de esta silla blanca. Tengo ganas de vomitar y del suelo emerge el frío grito de este gélido adiós. Peter Pan. Gonzalo. La chica del puente. Mi cámara de fotos. El césped aquella primavera. La muralla. El bar al que nunca entré. Un beso y tantas manos deslizándose entre tantos cuerpos. La madrugada de aquel Madrid iluminado. Un paseo. Navidad, las mantas. La despensa. Mi nombre escrito en la señal. El ascensor al sexto, y al sótano. Y de nuevo al sexto. El viento cuando mi moto no llevaba casco. La oscuridad del portal. Los sueños de sábanas blancas. Las canciones. La lluvia amarilla. Y los subtítulos que no interpretaron el lenguaje.

El silencio dura tres segundos, recuerda, me dijiste. Y hoy soy yo quien lo habita. Me dirijo hacia ti, postrada en un vergel, minúscula en tu punto de fuga. Ya estamos todos muertos. Y todavía, como hace un año, inalcanzables. Tres, dos. Uno.

domingo, marzo 15, 2009

La memoria


















Suena a lo lejos Rachmaninov, al final del pasillo. He ido apagando las luces hasta llegar aquí. Dejé encendida una en el salón, para que el piano no fuera tibio masaje de almas vacías. Tuviera un resplandor, un espejo, una supuesta mirada.

Estoy cansado, se me cierran los ojos. Hoy he vivido en un mundo entreabierto. De blancos y negros, de recuerdos. Yo recuerdo que me agarraste el corazón con tres palabras una suave noche de verano. Y tú recuerdas otras palabras tiernas mi presencia tierna nuestra historia tierna en un tiempo impreciso. Lo guardas en un poema no marchito, en la fotografía de un instante que se hace eterna. Y yo lo guardaba en el olvido, en una estación de tren abandonada, en una muralla de piedras conquistada por extintos reinos.

Te dejé en un nuevo portal. Y pasé de soslayo por el pasado, qué fugaz fue y qué eterno lo siento hoy. Volví a casa lentamente, en un nuevo camino, recreando nuevas sensaciones. Soñando con ojos abiertos y recordando mis ojos cerrados. Cuando todo era noche y sepia, la brisa no era de mar, la velocidad era siempre tiempo detenido y tus manos jugaban a ser intensos adagios para mi inspiración. Inspiración espuria, tormento temprano, macedonia de metáforas.

Tú guardas un poema y yo un frágil diario de sensaciones.

Devuélvemelo. O muéstrame tus manos. Que sepa que vienen impías, que pueda arañar la niebla y del fondo sólo salgas tú. Sin sombras. Que pueda cruzar tu umbral y no se rompan murallas. Y si caemos, no caigamos más sobre el pasado. Escríbelo: creemos. O inventemos.

domingo, marzo 08, 2009

El rayo que no cesa














Es como un león que ruge dentro de mí. Como el sigilo de la traición. Como si este mundo no fuera mi mundo y durante un tiempo haya logrado atravesar una barrera de sosiego y paz en el camino habitual de dardos y espinas. Pero ruge el león, y no es un rugido mustio. Ha leído las cartas, ha visto las fotos, ha viajado más que yo, al pasado, al futuro, más rápido que yo. Ha hablado con todos. Intenté parar el tiempo pero ya ha logrado alcanzarme. Quizá todavía no. Pero suena la llave. Lo va a lograr.

Ruge lentamente, como la parsimonia de la traición. Apago las luces para no verlo. Me quedo quieto, paralizado, en un bar, en un portal, en la cama, en el asfalto que separa 120 kilómetros. Y la luz ciega mi guarida. En tus besos de rejas y hormigón, en tu cuerpo inocente y excitado... se esconde. En tus ojos instigadores, en tu mirada curiosa... se esconde. En tu andar titubeante, en tus pasos decididos... se esconde. Eres tú, y tú. Y yo, que poseo mientras huyo sin alas. O quizá me escondo y por eso, abro siempre las puertas.

Pero detrás está el león. Intermitente. Cegador. Omnipresente. Es una caricia con apariencia de diamante, fino filo de cristal. Ha viajado siempre conmigo. Veloz. Y un día, cuando quise pararme en el silencio, él movió mis manos hacia la cuna meciendo... Y venciendo. Míralo. Ahí está.

domingo, febrero 22, 2009

Doble filo














Casi te puedo tocar. Siéntelo, sólo hace falta imaginación. El cielo azul, el gélido viento, las grandes olas, el lejano mar. ¿Viajamos? Tenemos tiempo, un portal de aliados y cómplices. No cedas, abre tus mudos ojos, rompe el cristal.

Mira a tu alrededor. Los colores son vidas encerradas. ¿Los pasos? Giran sin apenas movimiento. Las luces nos rodean, no nos iluminan. Y las ventanas esconden pequeños naufragios, fríos testigos solitarios, una cruel escala del blanco al negro.

No nos engañemos. Guardamos un arma secreta. Una tentación. Una espada de doble filo. Viajemos, aunque sólo tengamos un billete de vuelta.

domingo, diciembre 21, 2008

Y es.















No puede ser. No puede acabar el año y que lleve 12 meses con el mismo tratamiento. No puede ser la misma enfermedad. “Tres pastillas al día, recomiendo no ingerir alcohol, prohibido conducir vehículos a motor”. Que ya son cuatro años difusos. No puede ser. Que al día le suceda la noche y yo sólo perciba blancos y negros. Que el mundo se llene de letras y yo sólo vea espacios vacíos. Que las horas se llenen de conversaciones y yo siga sumergido en el silencio.

No puede ser. Que t y e no sean para mí te. Que q y u y i y e y r y o no sean para mí quiero. Que haya tanto por hacer y yo gire siempre hacia este estrecho erial baldío. Que haya autopistas y luces y gentes y caminos y atajos y mi mente vire hacia puentes y ventanas y azoteas. Que ya son muchos años sin luchas y tantos o más de rendiciones. De vida... sin memoria. De saltos al vacío.

No puede ser. Y es.

miércoles, septiembre 17, 2008

Herida













Le puse tu nombre a una estrella. Se movía entre una pared y mi mirada. Aparecía y desaparecía, iluminaba y oscurecía. Yo mecía mis recuerdos a la par que el viento. Te lo conté, mirando al cielo oscuro, y me respondiste antes del alba. Antes... de darme cuenta, inmerso ya en otro mundo, de que no estabas en el mismo lugar. Para no desaparecer más. O, quizá, para no aparecer de nuevo herida.

lunes, septiembre 01, 2008

Tres años y un día




























El asfalto sigue buscando de madrugada nuestras sombras. La luna gira a veces más allá para hallarte entre aquellas esquinas. Los coches sigue yendo lentos, más lentos aún, intentando en vano cruzarse otra vez contigo. Para iluminar con su doble mirada la silueta de tu sonrisa. Sigue siendo de noche, Anne, sigue siendo de noche. Y ahora como antes te echo de menos.

Paul.

martes, agosto 05, 2008

Janis


















Lleva casi un mes sin hablar con nadie, quizá más. Las luces están desde entonces apagadas. La cama, sin hacer. La basura acumula olores en la cocina. El espacio permanece detenido. Parece que el tiempo se hubiera posado en la nada. En la extensa llanura de la nada, el inmenso mar de una nada permanente en su lugar. Los relojes están detenidos en una hora imprecisa, el cassette llegó al final y Joplin se ahoga en i’ll drown in my own tears. El dibujo de cientos de pisadas reluce. El suelo esconde un pasillo, y el pasillo, un túnel.

Se levanta del sillón. Y se adentra en él. Gira la mustia cerradura y camina entre la madrugada y la soledad. Desde hace un mes, quizá más, sólo sale a la calle de noche. Cuando nadie habita la asfixiante humedad del asfalto.

Hoy la cerradura también ha girado desde fuera. Sonaba igual, a una vida rota, a una cristal sin reflejo, a bofetadas, a eso suena, a bofetadas. Hoy, esta madrugada de una noche cualquiera... ya está decidido. La nada es todo. El túnel se divisa ahora como mar. Y la brisa es tenebrosa vela.

Comienza a caminar. Lleva casi un mes sin hablar con nadie, quizá más. Se hartó de esperar. De callar, de andar, de soportar.

Y se adentra en el agua sabiendo que hoy las olas son cuchillas de mar.

(then janis howled silver threads and golden needles)

martes, mayo 20, 2008

Mejor no ser


















Tengo sed. Me levanto y lentamente entro en un túnel oscuro, diría que negro. Al fondo se perciben fugaces movimientos. Un pie corre, una camisa cae, las piernas alborotan la imagen. La sensación es superficial, ajena. Yo sigo de pie al frente del túnel. Los pies se mueven lejos de mí. Y ninguno hacia mí. Tiro la vela, de qué me sirve. Todavía tengo sed. Bajo las escaleras, con cuidado, las heridas no han cicatrizado. Me sobrepasan voces de antaño, pienso. Ecos en espacios tan abiertos no son de fiar. Ni siquiera hay que confiar en el pasado, que es más o menos tuyo, conocido. Las espaldas de todos los que corren no forman parte de mi memoria más cercana. Me doy la vuelta, con brusquedad. Para qué andar más. Pero sigo con sed. Se va más rápido en coche, sin rumbo. Por esta carretera en color sepia, donde nadie antes encontró su oasis. Quizá no buscaron en sus cálidas esquinas. ¿Las cálidas? El viento tacha la ingenuidad de mi cara, pero mi mirada tiene su propio curso, sus reglas, su libre forma de ser, lo de siempre. Miro hacia la derecha, miro hacia la izquierda, miro las montañas frontales. No hay nada, ni nadie. Me dejo caer y la sed… deja de preocuparme. Para qué, si dentro de tres segundos… voy a olvidarte. A ti también. Tres. Dos. ¿Sed? Para qué. Mejor no ser.

miércoles, enero 30, 2008

Hielo


















Me miras y no sabes quien soy. Me hielas los ojos. Cubres tus pasos de huecos, de agujeros, de silencio. Andas, sin saberlo, tras de mí y cuando trato de alcanzarte… has desaparecido. Te has ido. Y sigues aquí. Pero ya te has ido. Y si esta vez lloro, el calor de tu cuerpo sigiloso no calmará mi congoja. No grito ni corro. Recojo tu estela caótica. Y me tumbo en el mundo para sentir que el suelo se hunde y al menos… ambos, desaparecemos con él.

domingo, noviembre 04, 2007

No busques más



















- Quizá tendría que haberme bajado en la parada anterior-, piensa Irene dubitativa, reflexiva, asumiendo que en el riesgo siempre hay un componente de error.

Son las 02 de la madrugada. Inexplicablemente, el Metro todavía no ha cerrado. Los vagones transitan, la gente sube y baja, habla, grita, canta, ríe. Los pasillos están llenos de luz, los asientos, de espacios vacíos. Irene va sentada. Cruza las piernas, izquierda sobre derecha, el espacio exacto para ocupar sólo un hueco, un mundo, no pedir ni ceder. Posa su mano derecha sobre la rodilla, sonríe abatida, cansada. Ha sido un día duro. De nuevo, hoy ha sido imposible. Quizá debiera abandonar la búsqueda. Mira al infinito, justo debajo del cartel que acerca Aranjuez a Madrid.

- Qué ilusos, 40 minutos-, musita en voz baja. No hay eco, no hay respuesta, no hay minutos, sólo infinito. Baja la mirada y al fondo, divisa la voz borrosa de siete conversaciones que contrastan, se abrazan y contrastan, luchan y divergen, ni se oyen, ni se escuchan ni se entienden. Cuba, Filipinas, Albacete, Santo Domingo, Moratalaz, Portugal, Berlín, desamor.

- Si el mundo se paralizara –sueña-, si cada voz fuera silencio y cada gesto, una oportunidad para empezar de cero…-, recuerda, presiente, intuye hasta los puntos suspensivos, su voz aguda, un suspiro hondo, el tren corre veloz, más veloz que ella y sus deseos.

La vida transcurre ante sus ojos. En cuatro metros a su alrededor, sucede de todo. Se escapa un grito, la música resuena, la puerta se abre y se cierra y se vuelve a abrir con más ojos, más pies, más mundos, más gentes. Ininteligible, inabarcable. Cada persona parece seguir un patrón, un rol. Una gorra, botas anchas, abrigos ceñidos, sombreros de color rojo, un abrazo de tres paradas, las manos entrelazadas, el suelo sin espacios, barras sin asideros ni pies con equilibrio.

- Quién sería yo… si no fuera yo-, sentencia, pregunta, observa, calla.

Fugaz, el pensamiento se pierde. Otro más. Su mano cambia de rodilla y sus piernas se mueven desacompasadas al ritmo exterior. Parsimonia, dejadez, decepción. Sus ojos ni están abiertos ni están cerrados. Y su vestido marrón deja entrever una pequeña dosis de fría tristeza, de asunción de fracasos, de pequeños éxitos. Mira al suelo, que es su infinito, mientras el ruido ensordece a las huestes, las divide, las multiplica, las copia y las reproduce por doquier. Mira al suelo y se nubla a sí misma, mejor desaparecer. “Ya no sé por qué parada voy, qué camino, uf, no sé si podré bajar alguna vez”.

Y quizá piensa en alto. O quizá no. Quizá no se fijó, quizá de no buscar cedió sin observar su espacio. Y a su lado se sentó una noria en ciernes, un abrazo en bruto. De su hombro abatido surgió un impulso. De tantas paradas, un movimiento. Y de tan veloz, Irene no vio el camino que esta mano de sueños recorrió entre dos letras blancas… y tus labios dormidos. Despierta. No te duermas… No busques más.

sábado, octubre 20, 2007

¿Qué ves?










¿Y si la vida se girase? Supongamos un horizonte curvo, una mesa convexa, una luz cubierta, la música en la mochila y las paredes huecas. ¿Qué ocurriría si la vida se girase? Si todo lo que imaginas no es tal cual crees. Si la imagen que forma tu mente es un dislate del tiempo y del espacio. De la memoria. Si cada cosa no es cada cosa, sino otra. Y los colores son percepciones, no realidades. ¿Quién me dice a mí que este haz de luz se ve desde alta mar, que detrás de mi pie camina otro pie, que el día se abre tras la noche?

Sólo hay una realidad. Si hay precipicio, hay caída. Y ahí el negro es... simplemente negro. O no. ¿Qué ves?

martes, septiembre 04, 2007

Sin rastro de mí



















¿Viste cómo el tiempo detenido se posa sobre un instante?

El viento que sopla, la moto en silencio, un pájaro fugaz, los ojos de un gato duermen y tu mirada se quiebra pétrea y oscura.

El tiempo detenido se parte en dos. ¿Viste cómo se parte?

Incólume sobre una belleza sin aliento, tu nombre muta en rito ancestral, eco en espejos insondables, vasto camino de mitos sin leyendas, susurro entre susurros de voces que se cuentan… en secreto.

El tiempo detenido desaparece. ¿Viste cómo desaparece?

Sin sombras. Ausente en paisajes proscritos, pies desnudos y heridos y pies desnudos y ateridos que caminan sobre espacios prohibidos. Tú dices vale, y yo digo NO. Sin palabras. Tú dices puede, y yo digo ADIÓS. Y cierro la puerta, y apago la luz.

Tú dices vuelve. Y yo echo la sal y busco la herida… y trepo ágil… en un instante… y subo un pie… y miro al cielo… y caigo… veloz… mortal… al suelo.

Sin rastro de mí. Ni del tiempo. Ni de ti.

viernes, agosto 10, 2007

Mar azul, luz de mar














La perla luce en el brillo de un día sin mar. Se tapizan de azul mis pensamientos baldíos, mis esquinas rotas, mi memoria más fugaz. Se pintan cuadros con palabras. Se llena el monte de tenues blancos, las bicicletas de parques, las carreteras de caminos, los pies que buscan un sendero, y en cada vereda aparecen una o seis brújulas.

Cada brújula es un misterio, un enigma, un nube sin fusión, un cielo ahíto de espacio. Es casi nada y todo a la vez. Caer o correr, morir o nacer. Me visto de rojo, me quito la ropa. Mis pies descalzos se deslizan hacia la sombra. Mis manos sudan, y sobre ellas, la brújula. Me alejo. Y me alejo cada vez más. Soy un punto en el universo de tu mirada. Latitud 2. Noroeste. Aterrizando suavemente sobre la arena. Tumbado, hacia la sombra de cualquier pasado. Cara o cruz, sol o sombra. Norte. O sur.

Y las agujas giran sin pudor en el frenesí de cualquier instante. De repente. Ahora mismo. Y el mar sigue siendo ausencia. Y el monte corre tras las piedras de su propio desfiladero. Ruedas rotas, hierros ajados, caminos cortados, senderos peligrosos, veredas de espinas. Mi brújula sólo percibe seis minutos. Pero seis minutos del futuro. Observar qué pasará cambia, de por sí, lo que va a suceder. Mirar al futuro muta su propia realidad. El presente es sólo un segundo de ayer. Se esparcen los principios y las incertidumbres. Y me veo a mí mismo... allí. En el reflejo de tu iris absorto. Contraído. Volando piedra sobre herida mar abajo, rompiendo las olas.

Me pongo la camiseta. Me calzo. Suspiro. Me sirvo otra copa. Sin música. Cierro los ojos. Borro mis trazos. Tiro el papel. Y dejo de pintar. Mar azul, luz de mar.

lunes, julio 16, 2007

Las mismas lágrimas













Qué silencio, parece que nadie habita este pueblo. Todo es más fácil si pienso que nadie me escucha, que nadie lee estas letras. Que salgo a la ventana, y no hay nadie. Que abro la puerta y no hay eco y la sombra tras la esquina, es mi propia sombra.

Asumo que es así. Y las luces se tornan más íntimas, más oscuras. Lloro en el final de cualquier película y recuerdo que hace dos años eran, quizá, las mismas lágrimas. Espesas, añejas, tristes, perennes. Se deslizan lentamente sobre mis dedos, mientras escribo. Se posan con rudeza sobre mis pies, cuando camino. Emergen profundas tras mis párpados absortos, cuando mantengo la mirada en un pasado imborrable. El que no se marcha cuando cede la luz en el túnel, el que no cruza el puente, el que no se ahoga cuando me hundo ni fenece entre los restos anónimos de un avión estrellado.

Qué silencio, nadie habita este pueblo. Ni el país, ni yo mismo me habito. Qué soledad, qué ausencia, qué tristeza. Salgo a la ventana y las sombras caminan como espectros sobre sí mismas. Sobre las lágrimas que caen del balcón al asfalto. Espesas, bruñidas. Como el pasado, que no viaja, que no muere, que regresa... que habita conmigo este espacio incólume de recuerdos marchitos. Y se mueve solo, deslizando, negro sobre negro, las imágenes de mi memoria escrita. Como estas letras, que nadie lee. Que quizá un día, hace tanto... ya escribí. Y nunca olvidé.

miércoles, julio 04, 2007

Tu quietud, vigía



















Busco en el silencio de una noche sin luces la sonrisa de una imagen que curva. Busco en sonidos de mundos dispersos la cercanía de una hoja que vuela. Busco en aviones de viajes sinuosos el asiento que terse tus labios. La espalda que apoye mis sueños. El ritmo que paralice… mi mirada perdida. Busco crear y contradecir en la misma creación. Busco encontrar y poder mentir sobre lo encontrado. La libertad de ser. El espacio para mirar. El tiempo infinito para ir y no volver. Y volver cuando nunca has ido.

Busco caminar sobre imágenes y letras. Y no tener que decir verdades. Tu cuerpo sobre el mío, mi mundo entrelazado en tus manos. Mi espacio invisible a tu lado. La luz, que alumbra tu inocente tristeza. Estás callada, dormida, muerta, ahíta, cansada, reflexiva, aislada, ausente. Muda. Estás dentro de ti y sobre ti, nada. Yo. Callado. Muerto. Ausente. Sobre ti. Sobre ti la pesada losa, sobre mí la muralla de sueños. La sábana, cómplice; tu quietud, vigía.

(Tus pensamientos, mis ojos furtivos).

Busco callar y robar al pasado todos mis secretos. Coger papel, inmortalizarte. Dibujarte dormida. Callar, mudar. Y viajar… para no volver… sobre ti… jamás.